14
de Septiembre, 2026.
La
Tierra, tal y como la conocíamos, un planeta habitado por humanos,
animales y plantas entre otras muchas más cosas, ha dejado de
existir. La contaminación, la tecnología, fueron destruyendo poco a
poco cada uno de los ecosistemas encargados de mantener el Planeta
Azul. Los mares y océanos fueron convertidos en grandes pantanos
inhabitados, contaminados; los densos bosques y terrenos de campo en
desiertos, secos y calurosos; las ciudades y pueblos fueron
abandonadas tras la orden del Protocolo 'The Refuge', convirtiéndose
así en ciudades desiertas, sin vida alguna que las mantenga. En
2020, el doctor Durnem, colaborador de Empresas Hethcliffer y
científico, creó un protocolo de seguridad adaptado a las
condiciones que comenzaron a tomarse en el año 2017, la capa de
ozono permanecía en una incesante lucha contra la contaminación
medioambiental. El dr. Durnem, creó un mundo paralelo al nuestro, un
lugar en el cual los humanos serían felices de nuevo, comenzarían
una nueva vida. Ese mundo fue llamado 'The Refuge', y este fue el que
dio nombre al protocolo de emergencia. También proporcionó un punto
de acceso a todo ser humano que habitara en la Tierra: unos extraños
aparatos muy sofisticados y delicados los cuales encajaban en la
cabeza del humano y se adaptaban a ella con facilidad y rapidez. Mi
hermano, mi prima y yo conseguimos escapar de los militares que
recogían a la gente para llevárselas a un búnker subterráneo
donde serían sometidas a la transición a 'The Refuge', huimos de
noche, cuando los equipos de rescate iban por la calle vecina.
Robamos uno de sus camiones escapando así de la ciudad. Sonreí
cerrando el diario de mi hermana. Nunca supe de quién heredó aquel
don para la literatura; ¿de mí?, no creo, y tampoco creo que lo
heredara de mi padre: tal vez mi madre le hubiera traspasado esos
genes y aquella idea me alegraba, poder sentir una parte de mi madre
me hacía seguir adelante: utilizaba aquella idea como un impulso a
conseguir mis propósitos.
Llevamos
seis años huyendo de los 'trackers', equipos especializados en el
rastreo humano; realmente son mutaciones, para impedir incidentes en
la superficie, el dr. Durnem y sus científicos instalaron células
artificiales en varios sujetos, estos experimentos fueron positivos,
por lo que les instalaron el rastreo humano. Ellos saben, que quedan
supervivientes en la superficie, huyendo de ellos, como nosotros.
Alrededor de 5.269 personas merodean de sombra en sombra evitándolos.
Salí
de la caravana y miré al frente, me encontré entonces a Helena
enseñando a mi hermana a hacer trampas para facilitar la caza.
Sonreí y me dirigí a la cocina: una pequeña área dentro del
campamento, compuesta por una barbacoa portátil varios barriles de
agua y comida y un generador de energía. Aquella cocina, que nos
había alimentado cada mañana, cada mediodía, cada noche desde que
partimos; le tenía mucho aprecio, aunque solo fuera un objeto inerte
más.
Preparé
una ligera ensalada que constaba de: tomate, lechuga, zanahorias y
cuadraditos de queso blanco esparcidos por encima. Con el cuenco de
ensalada en las manos, me acerqué a la mesa de plástico plegable
que se hallaba en el centro del campamento y dejé reposar el
recipiente en la superficie del escritorio. Giré mi cabeza de nuevo
hacia las chicas para observarlas de nuevo, aquella situación me
agradaba, ya que Lily lo había pasado muy mal tras perder a nuestros
padres, se limitaba a comer y dormir pero desde que encontramos a
Helena, ha estado ayudándola mucho, son como hermanas. Cogí aire y
grité desde el centro del campamento:
-
¿Quién quiere ensalada – ellas se encontraban bajo una tienda de
campaña descubierta en la otra punta del campamento, donde habían
armas, cuerdas y todo tipo de utensilios útiles –.
-
¡Yo! – se escuchó la inocente e infantil voz de mi hermana –
¡Vamos Helena, yo quiero ensalada!
Sonreí
y Lily agarró la mano de Helena que reía mientras la pequeña la
arrastraba hacia el “comedor”. Me senté en una de las cuatro
sillas de plástico, también plegables y tomé una cuchara. Ella
también se sentaron, y mi pequeña hermanita comenzó a devorar la
ensalada como si no hubiera comido en meses.
-
Pequeñaja, nos vas a dejar sin nada – le sonrió Helena a su lado
mientras cogía una cucharada –.
-
Cierto, ¿quieres que nos muramos de hambre?
-
No, pero … vosotros ya sois mayores, y yo debo crecer – me sonrió
Lily a la defensiva –.
-
Anda, cómete mi parte – le devolví la sonrisa – al fin y al
cabo tienes que hacerte mayor.
Me
levanté y me acerqué a beber agua a uno de los barriles junto a la
barbacoa.
Ya
había anochecido y yo me encontraba dentro de la caravana sentado en
el borde de la cama de mi hermana mientras la tapaba.
-Hermanito,
¿me cantas una nana para que pueda dormir bien? – me sonrió
inocente Lily –.
-¿Segura?,
tú ya sabes que no soy buen cantante – reímos los dos – pero si
insistes.
La
abrigué bien con la manta y me acomodé en la cama a su lado.
Susurraba una melodía que les cantaba su madre cuando eran más
pequeños a la hora de irse a dormir:
-
Mientras haya una estrella en el cielo, existirán los deseos.
Mientras el sol brille con fuerza, recibiremos sus destellos, que
iluminarán un nuevo día, y así poder recibir el amor familiar, que
cada noche os cantará esta nana. Mientras haya una estrella que
brilla en el cielo, existirán los deseos, piensa en un caballo
blanco, en una rosa negra, piensa en la luz que emite la estrella,
que permite la existencia, pide un deseo. Mientras haya una estrella
en el cielo, existirán los deseos.
Me
apoyé sobre un codo y comprobé que estaba dormida. Salí de la cama
y la volví a abrigar para que no pasara frío. Ella era la única
razón por la que podía seguir, porque quería que fuera feliz y
esperaba con ansia ese día en el que la Tierra, fuera restaurada y
volviera a ser todo como antes, Lily era mi “todo”.
Cerré
la puerta de la caravana detrás de mí y contemplé el estrellado
cielo que emitía un suave brillo sobre el campamento. Al bajar la
mirada de nuevo, observé a Helena tumbada sobre una toalla en el
césped, a pocos metros de la mesa. Me acerqué a ella y me senté a
su lado.
-
Bonito paisaje, ¿eh, prima?
-
Sí – sonrió al escucharme –.
Hubo
un breve silencio.
-
¿Cuando se lo dirás?
-
¿Decirle el qué? – dudé –.
-
Que el planeta que ella tomaba por su hogar, ha desaparecido, que sus
amigos están muertos.
Me
quedé tenso tras su aclaración y permanecí unos segundos callado,
cuando por fin le contesté:
-
Todavía no está preparada.
-
Oh, vamos, pudo asimilar la pérdida de sus padres, tienes miedo de
perderla – se calló tras este comentario, se arrepintió de ello,
sabía que Lily era mi punto débil –.
-
No está preparada – insistí serio y decidido – se lo diré
cuando lo crea conveniente, porque ahora estoy yo a su cargo y diré
cuando estará preparada o no.
-
Lo … lo siento – se disculpó Helena – llevo tiempo sin
relacionarme bien con la gente, tal vez sea yo quien no lo haya
llegado a asimilar. De veras, lo siento.
-
No pasa nada – aparté la viste de ella – descansa un poco,
mañana temprano desmontaremos el campamento y partiremos hacia el
Norte, yo haré guardia esta noche.
Helena
asintió levemente y abandonó su posición adentrándose en la
caravana, cuyas luces se apagaron al poco.
Sabía
que lo estaba pasando mal, porque a mí me solía ocurrir a menudo,
pero no quería mostrarlo, no podía porque rebajaría los ánimos de
las que ahora estaban bajo mi protección.
Me
acerqué a la tienda de campaña y agarré una 'magnum' de calibre
44, un antiguo revólver pero potente y sus balas eran gruesas, lo
que facilitaba un blanco firme. Tras tomar el arma me senté en la
toalla y dejé descansar mi cuerpo sobre esta.
Ese
día me había levantado demasiado temprano y me moría de sueño,
pero debía permanecer firme y alerta para mantener el campamento
protegido.
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